Tributo a los Hermanos Martínez Gil
Por “El Chapo”
Al estar digitalizando mis discos long play, tarea que -como le platiqué a usted en un par de escritos recientes- reemprendí en los primeros días del mes pasado, seleccioné uno que por ahí andaba enredado en el montón de discos pendientes de procesar. Se trata de un disco de la marca Polydor (serie LPRN 16582) en que el cantautor Óscar Chávez, con ese estilo y esa voz que a unos gusta y a otros repele, le rinde tributo a uno de los más grandes tríos que ha habido en México: Los fabulosos Hermanos Martínez Gil.
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A mí, la verdad, el disco me parece estupendo. A Óscar Chávez hay que aprender a escucharlo, porque la primera vez que se le escucha francamente como que no queda uno muy convencido. Pero a la segunda, y aún mejor, a la tercera vez ya empieza uno a captar su arte, y a aceptarlo. En la carrera de mi tocayo Óscar Chávez hay dos etapas bien definidas: Una primera en la que se dedicó casi exclusivamente a realizar grabaciones de protesta político-social, en tiempos en que nuestro país se debatía entre grandes conflictos de orden precisamente político y social (¡Cómo podría ser de otra manera!), y otra posterior donde se dedicó a interpretar música popular, de la que se conoce como “música popular buena”, la que nunca morirá. Y este disco-tributo a los Martínez Gil corresponde a esa segunda etapa.
En esa segunda etapa grabó cosas románticas, como por ejemplo un disco que hizo con Víctor Yturbe “El Pirulí” y otro titulado “Latinoamor” y algunas otras grabaciones de ese corte. Óscar Chávez no puede presumir quizá de una gran voz, pero sí de un gusto impecable. En mi modesta opinión, con este tributo a los Hermanos Martínez Gil, lo demuestra.
En el reverso del disco en cuestión viene una presentación del mismo, escrita por Héctor Azar, que me gustó tanto que decidí transcribirla para ofrecérsela a usted, confiando en que le parezca de tanto mérito como a mí. Aquí lo tiene usted:
Los Martínez Gil 1935 - Óscar Chávez 1985
Los versos de estas canciones de esa época, los proponían los Hermanos Martínez Gil a la gente como alternativas para seguir viviendo. Tenían una manera de decir, de cantar sus canciones, que la inserción del requinto empezó a hacerse inevitable en las vibras emocionales del respetable auditorio. El requinto como cristalizador de las intenciones que la canción contenía: “…Chispazo de luz de cielo que en vertiginoso vuelo anuncias la tempestad…”. Tiempos de guerra en el mundo, aquel en el que cantaban los Martínez Gil.
Aquí, en México, la “W” se encargaba de reproducir sus voces en forma melosa y obsesiva, quizá tratando de calmar con ellas el estupor que las bombas y los miles de muertos provocaban a distancia.
Por eso el requinto (estupendamente ejecutado por Chamín Correa en este disco), proporcionaba una especie de lluvia de cristales, amena y sedante, sobre el alma colectiva de los 20 millones de mexicanos que éramos entonces, y que, por el solo hecho de serlo, no podíamos estar equivocados.
Esa milloniza de mexicas, tlatelolcas, chalcas y texcocanos que fuimos, escuchábamos en la radio de nuestra casa las voces armonizadas, bienentonadas -“acopladas”, se decía en ese tiempo- de los dúos y los tríos de cancioneros, los cuales, engarzados materialmente a su cítara procuraban compensar las tribulaciones de la guerra vivida desde lejos; aunque cercana y próxima en sus efectos desgarradores.
Languidez, distancia y ruptura: “¿Por qué me dejas, ángel mío, si yo te quiero…?” Primera, segunda y tercera voces del trío, en versos que a ratos adquirían la calidad de sentencia bíblica: “…espero que te pongas más barata…”; cuando las cuerdas de la guitarra se empeñaban en hacer más tensa aún la posibilidad de no poder seguir viviendo ni contigo ni sin ti. Ahí quedaba la novia blanca, la que por efectos de la guerra habría de convertirse más tarde en la simple “compañera”, en la “chava” atolondrada que prefiere el ligue efímero y sensorial, a la relación estrecha y duradera.
Los Martínez Gil propusieron con su estilo y con el repertorio que habría de consagrarlos, una peculiar manera de ser y de sentir que, posteriormente, años más tarde, Los Panchos, Los Calaveras, Los 3 Ases, Los 3 Caballeros,… propagarían como característicamente mexicana, por el mundo entero: …”y toda mi amargura se ahogó dentro de mí…”. Una sensibilidad que, partiendo de la chinaca popular, entronizaría a la clase media como ama y señora, como dictadora, del estado de ánimo imperante.
Esto que ahora Óscar Chávez recupera a dos voces para la memoria del país, en su afán de lucha por volver a encontrar “lo nuestro”, como el signo de identidad del México que está a punto de escapársenos de las manos y del corazón. Y que con hacer patentes aspectos de la vida como los que este disco contiene, nos advierten que nuestra existencia cotidiana puede ser algo más que caos, confusión y ruido ensordecedor.
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Le proporciono a usted a continuación otros datos del disco:
Nombre: “Aquellas Canciones de Los Martínez Gil”
Intérprete: Óscar Chávez (a dos voces)
Contenido del disco:
Cara A: Cien años Cara B: Adiós amor
Flor sin retoño Relámpago
Sacrificio Canción sin nombre
Popurrí: La novia blanca, Lucero, Chacha linda, Popurrí: Desgracia, Mar y cielo,
Madrigal. Falsaria, Falsa
Realizado por: Chamín Correa
Dirección musical, arreglos y requintos: Chamín Correa
Guitarra: Alfredo Correa
Bajo acústico: Víctor Ruiz Pasos
Percusiones: Armando Hidalgo (tarolas)
Antonio Camargo (maracas)
Mario González (bongós/efectos)
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